La insulina tiene efecto adipogénico está por demás demostrado, como también lo es que posee un impacto antilipolítico. Su acción sobre determinadas enzimas (fosfodiesterasa, ACC, LHs, etc) es una clara demostración de su función a este nivel. La estimulación de ciertos receptores (los llamados T1R2 y T1R3) son los que generan entre otras acciones, la descarga de la hormona pancreática y ello finalmente desencadenar un efecto lipogénico en los adipocitos. En esta consideración entonces, es esperable que aquel tipo de alimentos que tengan potencia insulinémica accionarán negativamente sobre la lipólisis y positivamente sobre la lipogénesis. Relativamente a estas respuestas, algo por demás significativo está siendo estudiado con extremo interés por su impacto sobre la obesidad. Se han descubierto nuevos receptores del “sabor dulce” que no son los antes mencionados pero que responden a ciertos edulcorantes, entre ellos a la conocida sacarina, el aspartamo y el acesulfame de potasio o AceK. En todos los casos, el efecto final al sensibilizar a dichos receptores es el mismo, la lipogénesis y la inhibición de la lipólisis. Simplificando, ciertos edulcorantes favorecen la acumulación de grasas, pero también la inhibición de su utilización. (Simon B, et al. Artificial Sweeteners Stimulate Adipogenesis and Suppress Lipolysis Independently of Sweet Taste Receptors The Journal of Biological Chemistry 2013).
Menudo descubrimiento este, porque advierte de un impacto insospechado de los edulcorantes no solo a nivel de los adipocitos sino que además tiene influencia sobre el metabolismo energético, porque finalmente favorecería la vía de utilización de los azúcares ahorrando grasas.

Fuente: https://g-se.com/edulcorantes-y-obesidad_6509-bp-u59aea850c8d86

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