La salud del adulto está dada por la retrospectiva de su vida y esa historia tiene además traspaso generacional. Así lo afirma Lidia Carrizo, directora del Área de Alimentación del Hospital de Clínicas. Por eso la profesional insiste en la necesidad de hablar no sólo de ciclos cronológicos, sino del contexto, la realidad sociocultural del sujeto.

“La alimentación está totalmente ligada a la vida de la persona y el resultado es la nutrición, que es la consecuencia de esas circunstancias de vida y la alimentación”, ilustra.

Los adultos toman decisiones y su intensa actividad tiene trascendencia en lo individual, familiar y colectivo. Esa faceta de la vida a veces es descuidada, opina Carrizo. “Los más expuestos son los adultos jóvenes”, señala. Y considera que entre los 18 y los 40 años el entorno laboral es muy importante. “Cualquiera sea la institución, pública o privada, debe protegerlo mejor”, insiste. Y completa: “Hay que formar para centrar a las instituciones en las personas”.

Lidia Carrizo. Hospital Nacional de Clínicas.

La licenciada en Nutrición destaca la necesidad de revisar ciertos estilos de vida que se traducen en hábitos poco saludables. Recuerda como ejemplo la ceremonia de comer asado y beber alcohol luego de jugar un partido de fútbol. “Hay que crear otras formas de cohesión social”, apunta.

Sin embargo, destaca que, con la madurez, el individuo tiene la capacidad de reconocer cómo un cambio en su alimentación se traduce en un bienestar casi inmediato. “Cuando la gente come más frutas y verduras y bebe más agua, el cambio en su calidad de vida es casi automático”, asevera. “Las personas dicen cosas como ‘me siento menos pesado’ o ven mejor su piel porque están mejor hidratados”, describe. En la infancia y adolescencia los malestares son más inespecíficos o difíciles de asociar a una causa.

Por otra parte, afirma que hay micronutrientes, como el hierro, que tienen un rol constitutivo fundamental en el organismo, por lo que su incorporación durante la etapa de desarrollo es determinante, pero que de todas formas su consumo no debe ser descuidado en la edad adulta, en función de la edad, pero también de la situación del sujeto. No sólo se trata de ingerir más hierro, sino también de aumentar los facilitadores y reducir los inhibidores de su absorción. Entre los primeros, están los cítricos, mientras que entre los segundos están las bebidas carbonatadas y el café, entre otras sustancias.

Actividad física

La alimentación va de la mano de la actividad física, porque de esta última dependen también las necesidades nutricionales. En la actualidad, el sedentarismo se impone como factor de riesgo, sobre todo en la adultez, debido al mayor confort y las características de la actividad laboral.

“Hoy tenemos un elevado sedentarismo”, ratifica Pilar Esnaola, jefa del Servicio de Alimentación y Nutrición del Sanatorio del Salvador. Y grafica: “Antes, para hablar con un compañero de trabajo, nos levantábamos e íbamos a su oficina, hoy lo llamamos por teléfono”. “A eso se suma la incorporación de alimentos cada vez más procesados”, añade.
Pilar Esnaola. Sanatorio del Salvador.
Esnaola cuenta que los pacientes llegan al consultorio del servicio de Nutrición generalmente por derivación tras el diagnóstico de enfermedades crónicas no transmisibles, como hipertensión, diabetes y alteraciones metabólicas, sobrepeso y obesidad. La respuesta es interdisciplinaria.

A la hora del tratamiento, la estrategia que defiende es la de modificar las conductas alimentarias, antes que limitarse a reducir las ingestas o restringir alimentos. “Es preciso educar en una correcta selección de alimentos”, concluye.

Por Redacción LAVOZ

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